Thursday, October 01, 2026

Woody Allen sobre el odio a los judíos hoy

Woody Allen sobre el odio a los judíos hoy, y lo rotas que están las voces estridentes y los seguidistas. Y todo ello de una manera inimitable. «Saben, siempre he pensado que la mayor ventaja de Nueva York es que allí uno puede ser neurótico y nadie lo nota. En otras ciudades te envían al médico si hablas contigo mismo. En Manhattan te ofrecen una columna en una revista por eso. Ayer salí a comprar salmón. Por cierto, esa es la única tradición judía estable que ha sobrevivido a Babilonia, Roma y mis relaciones con las mujeres. Caminaba por Brooklyn y pensaba en la muerte. No porque sea filósofo. Sino porque ahora tengo más de noventa años, aunque originalmente solo había planeado llegar a los setenta. Y de repente – una multitud frente a una sinagoga. Al principio pensé que actuaba un famoso psicoanalista. En Nueva York, la gente hace cola durante horas para oír por qué su madre es culpable de todo. Aunque los judíos ya lo saben sin necesidad de una conferencia. Pero no. Gritaban algo sobre «Intifada». ¿Y saben qué fue lo que más me sorprendió? La cantidad de energía que tienen esa gente. ¿De dónde la sacan? Yo ya quiero escribir mi testamento después de subir dos tramos de escaleras. Y ellos están listos para una revolución sin haber tomado siquiera un café decente antes. Un tipo gritaba algo sobre «descolonización». Dios mío. Cuando yo era joven, «colonización» significaba que la tía Frieda ocupaba nuestro sofá durante tres meses y se negaba a mudarse. Hoy de repente es un complot sionista. En general, el antisemitismo moderno se ha vuelto demasiado intelectual. Antes nos odiaban simplemente. De forma directa. Hoy ya no. Hoy te explica algún hombre con bufanda, que parece que escribe poemas sobre su propia barba, con ayuda de Heidegger y Nietzsche, por qué la existencia de los judíos es una forma de agresión y una amenaza para la humanidad. Y yo estaba allí pensando: Antes al menos nos zurraban personas sin título universitario. Hoy los instigadores de pogromos vienen con un diploma de la Universidad de Columbia. Entonces una chica a mi lado dijo: «Estamos en contra del sionismo, no de los judíos». Eso es más o menos como si mi exmujer hubiera dicho: «No tengo nada contra ti. Solo estoy en contra de todo lo que dices, haces, sientes – y especialmente del sexo contigo». El significado sigue siendo el mismo. Y luego alguien gritó: «¡Los sionistas son nazis!». En ese momento tuve la sensación de que mi abuela se había dado la vuelta en su tumba tan rápido que podría haber abastecido de electricidad a una parte de Queens. Mi abuela, por cierto, vivió nazis de verdad. Se escondió en un sótano en Polonia con un hombre que tosía tan horriblemente que los alemanes podrían haberla encontrado solo por el sonido de sus bronquios. Y ahora me explica algún chico de una universidad de élite, cuyo mayor trauma en la vida fue un café frío en Starbucks, lo que significa el fascismo. Realmente vivo en tiempos asombrosos. Hoy en día, todos hablan como personas que accidentalmente se han tragado una biblioteca universitaria. Nadie dice más: «Disculpe, soy un idiota». No. Hoy se dice: «Estoy deconstruyendo la narrativa dominante». Escuchen, crecí entre judíos. Nosotros no deconstruimos narrativas. Nosotros creamos narrativas. Llegué a casa y encendí la televisión – porque si tienes trastornos de ansiedad, ver tele parece una idea excelente. Es más o menos como tratar el alcoholismo con un martini con hielo. Allí Roger Waters explicaba de nuevo el mundo. Los músicos de rock siempre me dan miedo cuando envejecen y de repente empiezan a hablar como paranoicos que ven una conspiración al avistar un gato negro. Entonces apareció Kanye West. ¿Saben?, en mi infancia, al menos los locos parecían locos. Pelo desgreñado, gabardina, palomas, conversaciones con cubos de basura. Este tipo se pone simplemente una máscara negra y dice que ama a Hitler. Y ahí me di cuenta: la humanidad ha recorrido un largo camino –de «Nunca más» a «Discutamos los matices». ¿Y los políticos? Los políticos dicen: «La situación es complicada.» No. Complicado es explicarle a una madre judía por qué a los cuarenta aún no estás casado. Pero cuando una multitud grita «Muerte a los sionistas» frente a una sinagoga, eso no es complejidad. Eso es un remake. Y encima uno malo. Sin guion original, pero con un presupuesto enorme para redes sociales. ¿Y saben qué me da realmente miedo? No los radicales. A los radicales estoy acostumbrado. Viví en Nueva York en los setenta. En esa época, ya se consideraba radical a alguien que desconfiaba del agua del grifo y lavaba la fruta con jabón. Lo que me da miedo es la velocidad con la que la gente normal empieza a fingir que no pasa nada especial. El ser humano es increíblemente adaptable. Incluso cuando se tira del pelo a una niña judía y se deslumbra a un chico con tirabuzones con luces estroboscópicas. Podemos acostumbrarnos a todo. A la guerra. Al odio. A que el café cueste nueve dólares. A esto último, por cierto, solo con mucho esfuerzo. De noche me quedaba en la cama pensando: tal vez deberíamos privar a la humanidad de tiempo libre. Porque en cuanto la gente se aburre, empieza ya sea a salvar el mundo, a matarse entre sí o a grabar podcasts sobre los beneficios para la salud de la guerra. Y aun así… si mañana alguien vuelve a desfilar gritando por la muerte de los sionistas frente a una sinagoga, saldré. No porque sea valiente. Soy el tipo que se desmayó una vez al donar sangre. Sino porque los judíos ya han esperado demasiado a que la locura desaparezca por sí sola. Nunca lo hace. Solo se pone un traje, va a la universidad y abre una cuenta de TikTok. Pero bueno… primero comeré mi salmón de todos modos. No me gustaría morir con el estómago vacío. A mi madre judía eso nunca le habría parecido bien."

Monday, August 18, 2025

Ya hace ochenta años de "Rebelión en la granja", un tributo a Orwell.

Hace 80 años, el 17 de Agosto de 1945, George Orwell publicó una crítica devastadora del comunismo. Rebelión en la granja revela por qué toda revolución comunista sigue el mismo patrón trágico: de la liberación a la corrupción y luego a la opresión. Aquí hay 10 verdades de Rebelión en la granja que Orwell nos advirtió que nunca olvidáramos.
1. La revolución contiene las semillas de su propia corrupción Los animales derrocan a su granjero humano, el Sr. Jones, para crear una sociedad igualitaria, pero los cerdos que lideraron la rebelión adoptan gradualmente todos los vicios humanos. Duermen en camas, beben alcohol, caminan sobre dos patas... hasta la escena final, donde los granjeros vecinos no distinguen entre cerdos y humanos en una cena.
2. El poder corrompe gradualmente mediante pequeños compromisos Tras la revolución, los cerdos justifican quedarse con la leche de vaca y las manzanas como alimento necesario para el liderazgo. Esta primera pequeña desigualdad sienta un precedente que se intensifica gradualmente hasta llegar a ejecuciones masivas y a Napoleón, el cerdo, convirtiéndose en un dictador absoluto.
3. El lenguaje se convierte en un arma para controlar la realidad misma. El portavoz de los cerdos, Squealer, cambia en secreto los mandamientos escritos de la granja por la noche… «Ningún animal beberá alcohol» se convierte en «Ningún animal beberá alcohol en exceso». Esto finalmente culmina en la absurda contradicción: «Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros».
4. La ignorancia se fabrica para facilitar la opresión. Napoleón, el cerdo, cría cachorros en aislamiento para que se conviertan en sus feroces perros guardianes, mientras que deliberadamente mantiene analfabetos a otros animales para que no puedan leer los mandamientos alterados.
5. La memoria histórica puede borrarse y reescribirse. Snowball, un cerdo que lideró heroicamente a los animales en la batalla y diseñó el molino de viento, es posteriormente retratado por Napoleón como un traidor "aliado de Jones desde el principio". El himno revolucionario "Bestias de Inglaterra" también es prohibido y reemplazado por canciones que alaban a Napoleón.
6. La propaganda es más poderosa que la fuerza física. El cerdo Squealer amenaza constantemente con que "Jones volverá" si los animales no obedecen, mientras presenta estadísticas falsas que muestran un aumento en la producción de alimentos incluso mientras los animales mueren de hambre. Creen que su sufrimiento contribuye al bien común.
7. La búsqueda de chivos expiatorios facilita la manipulación política. Cuando el molino de viento se derrumba durante una tormenta, Napoleón culpa al cerdo exiliado Bola de Nieve de sabotaje. Después, todo, desde huevos perdidos hasta herramientas rotas, se le atribuye a Bola de Nieve, desviando la atención de los fracasos de Napoleón.
8. El miedo y la violencia transforman la conciencia misma. Napoleón usa sus perros de ataque entrenados para obligar a los animales a confesar falsamente haber conspirado con el exiliado Snowball. Luego los ejecuta públicamente, creando tal terror que incluso cuestionar las órdenes se vuelve impensable.
9. La conformidad masiva es artificial, no natural. Las ovejas están entrenadas para corear consignas sin sentido y acallar cualquier disenso balando durante minutos. Pasan fácilmente de "Cuatro patas bien, dos patas mal" a "Cuatro patas bien, dos patas mejor" cuando los cerdos empiezan a caminar erguidos.
10. La lealtad de la clase obrera se convierte en su explotación. Boxer, el esforzado caballo de tiro cuyos lemas son «Trabajaré más duro» y «Napoleón siempre tiene la razón», se desplomó por exceso de trabajo. En lugar de jubilarlo, Napoleón lo vende a una fábrica de pegamento por dinero para whisky mientras les cuenta a los animales que murió en un hospital.
Una de las frases lapidarias del libro: "Las criaturas de afuera miraban del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo, y del cerdo al hombre otra vez; pero ya era imposible distinguir cuál era cuál."

Tuesday, June 03, 2025

Sobre el ciclismo urbano y los Pogachares dominicales

Soy ciclista, manejo bici desde que era niño, y sólo por hacerlo soy ciclista, aunque a veces tengo la impresión de que para algunas personas o ciertos grupos no lo sea. Ésta de acá abajo es mi última bici, una turismo de acero bautizada "Tardis" por su carácter viajero.
Aprendí con una antigua y pesada bici china de reparto a la que yo le quedaba chico y en la que debía tener cuidado para no lastimar mis infantiles gónadas con el tubo horizontal. Tenía solo un piñón y frenaba contrapedal, muchos años antes de que se les aligerase el acero -ya las hay de aluminio o carbono, para los más flojitos-, las rebautizaran con el coqueto nombre de ‘Fixie’ y la convirtieran en parte fundamental de la iconografía de una tribu urbana, los hipsters. Pienso que si los hipsters de Nueva York, Barcelona, Madrid, Munich, Tokio, Sao Paulo o cualquiera de esas megaciudades que son muy planas, viniesen a Caracas, con este solecito tropical que pica, eliminarían a las fixies de su repertorio so pena de vivir enchumbados de sudor -porque la ropita hipster también es algo especial- o con calambres, a menos, por supuesto, que se mantuviesen rodando en la línea baja del valle de la ciudad.
Lo de los bicimensajeros en esas mismas ciudades es otra cosa, no las utilizan por esnobismo ni por moda, sino por razones de pragmática economía; ellos no suelen ser adinerados y necesitan un vehículo confiable que requiera el mínimo mantenimiento. Cuando tuve la primera bicicleta para mi talla, y además con cambios, ví el cielo abierto frente a mí y supuso mi divorcio definitivo del piñón fijo. Era una Caloi amarilla con asiento tipo banana, manubrio estilo chopper y palanca de cambios de tres velocidades frente al asiento. Me sentía el amo del asfalto. Era un cambio sólo comparable a aquél en que a los once años tuve al comprar mi primer par de patines “Midonn” con ruedas de goma -era la primera vez que compraba algo con dinero ganado por mi trabajo- y dejé atrás los de ruedas de hierro que tuve desde los siete y que sacaban chispas cuando me lanzaba calle abajo desde los altos de Lídice hacia la avenida Sucre (desde chico siempre le he dado trabajo con sobretiempo a mi ángel de la guarda). Con los nuevos patines, fuí aún más audaz, también recorrí toda Caracas en las noches decembrinas de principios de los 70’s, pero ésa es otra historia.
Cuando iba saliendo de la adolescencia, tuve una Miyata de ruta (biplato de seis cambios), era lo que podía comprar porque las bicis inglesas, italianas o americanas eran impagables. Hay que recordar que en los 70’s, teníamos el chip petrosaudita metido hasta los tuétanos, nada que no fuese un carro americano con ocho cilindros valía la pena, todo lo japonés era considerado de mala calidad, y las bicis no escapaban al estigma. Los productos japoneses se estaban empezando a abrir mercado con precios bajísimos. En ese momento no sabía que estaba adquiriendo una de las mejores máquinas que se han construido, además de que era muy cómoda, las palancas de cambio en las Miyata estaban en el cuello de la potencia en lugar del tubo diagonal.
A finales de esa década, tuve mi primera experiencia de viaje en bicicleta con un grupo de panas del barrio. Éramos casi todos Scouts desde niños y ya acumulábamos muchos campamentos de experiencia, quisimos combinar ambas vivencias, bicis y camping. Montamos las bicicletas desarmadas en un autobús hasta Maturín y desde allí, comenzamos a pedalear. No existían las alforjas de cicloviaje como las conocemos hoy, llevábamos mochilas de lona tipo militar atadas a la parrilla y algún morralito como bolso de manillar, todos íbamos con gorras o sombreros, el casco ni se conocía, era realmente pesado. Pues mi queridísima Miyata, con sus ruedas de 27” x 1, ¼”, me llevó hasta Boa Vista y de vuelta a Ciudad Bolívar sin un solo pinchazo, lo que me parece un logro impresionante si tenemos en cuenta que entonces no había un gramo de asfalto en la carretera de la Gran Sabana. De pronto, empezando la década de los 80’s, Gary Fisher y Joe Breeze desarrollaron -para lanzarse desde las colinas del condado Marin, en California- los primeros prototipos de lo que en un futuro muy cercano serían las bicicletas de montaña.
Cuando llegaron las primeras a Venezuela, fué para mí otra epifanía, puesto que solo las conocía por fotos. Comencé a reunir y me compré la primera montañera por cuotas (Miura de acero, horquilla rígida, triplato y seis piñones), nunca había sido más feliz sobre una bici, era el mejor invento posible. La fiebre era tal que antes de finalizar el segundo lustro de esos 80’s, ya había competido en algunas de las primeras carreras de ciclismo de montaña organizadas en el país. Iba a la universidad en ella, subía al embalse de La Mariposa todos los domingos con mi pala atada a la bici (formaba parte del club de rutas en kayak de la UCV y los domingos eran días de entreno - ¿saben que una vez remamos el río Orinoco desde San Félix hasta Ciudad Bolívar?, parece fácil, pero es contra corriente y es una ruta reventadora, pero de nuevo, ésa es otra historia-).
Iba de campamentos de fin de semana en la bicicleta, aún se podían hacer cosas con cierta seguridad y sin saberlo, lo aproveché a tope. Llegó la familia, las niñas, dejé los estudios porque tocaba trabajar más. También dejé de pedalear por un tiempo largo. Cuando las niñas tuvieron 7 y 9 años, les compré sendas bicis de montaña rin 20” y desempolvé la mía (mi tercera montañera) y fué como si se me descongestionase el cuerpo. Cuando no salía con mis hijas, comencé a pedalear de nuevo rutas relativamente largas, sobre todo hacia Los Teques, era mi "Stelvio" particular.
Hoy, ya soy abuelo, mis hijas viven fuera del país y aunque debería estar jubilado, sigo en este país, donde tal consideración resulta imposible. Así que, mientras sigo trabajando, sigo pedaleando. Voy al trabajo en bici, salgo los fines de semana a pasear por muchas horas -nunca a entrenar-, me detengo, tomo fotografías, leo, llevo refrigerio y disfruto mucho. El florecimiento del ciclismo urbano, eso de utilizar la bici como medio de transporte cotidiano y no como cosa meramente deportiva o lúdica, me ha hecho inmensamente feliz. Y aunque aún estamos en pañales en ese aspecto, ya iba siendo hora. Ahora han surgido nuevas disciplinas y corrientes asociadas a la bicicleta: el ultraciclismo, que me apasiona aunque no sé si pudiera ser capaz de completar -a tiempo- una de esas carreras, como la NorthCape4000, por ejemplo, y que supone un tributo a las primeras carreras del Tour o el Giro, donde los ciclistas debían ser autogestionarios; el Bikepacking, como alternativa al cicloturismo de alforjas, las dos tendencias me llaman mucho la atención.
Desde hace pocos años, el ciclismo se ha vuelto repentinamente muy popular, lo que me contenta mucho. Pero como todo tiene sus bemoles, veo que también ha surgido una especie de nueva tribu urbana que veo como unos ‘Pogachares endógenos’, tan esnobs como ciertos grupos de corredores que van en plan triatleta para todo. No conciben el ciclismo sino es para las carreras, el entrenamiento constante, la mejoría de los propios récords, el conteo de vatios (todavía no sé qué es eso), para quienes la vida no existe sin ´el gran reto a nosedónde´ o ´el gran fondo nosecuál´, los que no salen sin los uniformes y zapatillas de rigor, los que se gastan $300 en una potencia porque pesa 50 gramos menos, los que glorifican las barritas, los geles y las bebidas isotónicas pero casi demonizan una buena pizza o un refigerio de choripán con cerveza en la ruta. Vale, que es su manera de ver la vida deportiva, que aunque no esté excenta de cierto postureo y aires de elitismo, no deja de ser su vida y su manera de gestionarlo, hay que respetar eso. Lo que me revienta, es que de pronto, ese mismo aire elitesco les ha dotado de una pedantería tal que les impide saludar a los demás ciclistas con los que se cruzan. Algo que solía ser inherente al hecho de ser ciclista se está perdiendo, el ser gregario, sociable, saludador. Ahora tenemos una nueva élite que no sólo no saluda a los demás ciclistas sino que les miran como gallina que mira sal. El título de este post, hace referencia a Tadej Pogachar, el nuevo megacampeón del ciclismo mundial.
En las mañanas dominicales de la Cota Mil, incluso alguna vez me han gritado que me quite cuando voy de paseo. ¡Vamos!, que no me le estoy atravesando a los competidores del Tour en la bajada de Le Mont Ventoux. Para ellos, creo que los que van más o menos como yo, no somos ciclistas, a lo sumo, un estorbo que va en una perola de dos ruedas, pero ¿ciclista?, naahh… si no se entra en el estereotipo, no. Pero yo soy ciclista, porque tengo una bici y pedaleo.
Y por ahora, lo que quiero es volver a salir de campamento en bicicleta, algunos paseos cortos de fin de semana para empezar y luego planear viajes más largos. Esta historia continúa.
P.D.: Me perdonan lo amuñuñao del texto, no suelo escrbir así. No sé qué le ha pasado al editor de Blogger, que no me respeta los espacios entre párrafos y por más que lo edito, al final me sale con esos bloques de letras. Gracias por su paciencia y comprensión.